Carta de un inmigrante africano a la sociedad española

http://www.jacobobautista.com/fotografias/MyStuff/Cartas.jpgCarta de un inmigrante africano a la sociedad española. Desde el otro lado de la valla (Melilla)

Señoras y señores de la sociedad española,

Las palabras no sabrí­an transmitir lo que siento en este momento en el que me han obligado ¡a la fuerza, a volver desde donde he venido! No me ha dado tiempo de decirles lo que me ha empujado a emprender este largo y penoso viaje durante el cual han muerto muchos de mis compañeros de infortunio. Pensaba contárselo en persona, una persona que muestra sobre sí­ los rastros de los malos tratos y de los sufrimientos de un pueblo oprimido y explotado. Pero este muro que ha sido levantado entre ustedes y yo hace imposible cualquier encuentro verdaderamente humano entre nosotros y nos obliga a mirarnos desde lejos como el perro y el gato, aunque todos somos ciudadanos del mismo mundo

Dado que no podemos ya hablarnos, permí­tanme mirarles a los ojos, a través de este muro de separación en forma de alambrada, que ahora separa ífrica de Europa y simboliza la falsedad de la relación que han creado nuestros gobernantes entre el Norte y el Sur. Este muro de separación, esta alambrada, refleja esta falsa relación en la que las materias primas que vienen del Sur y los productos acabados del Norte, entre ellos las armas, pueden circular, pero no los hombres. Ha sido totalmente imposible encontrarnos como verdaderos hermanos y hermanas. Por ello, lean en mis ojos, señoras y señores, el sufrimiento y el dolor que llega de nuestras tierras en las que las multinacionales siembran la muerte y el desarraigo y quieren crear un campo de ruinas en el que sólo haya materias primas, bosques y animales salvajes, para el placer de los turistas. Es el único medio que me queda para que sepan todo lo que sufrimos en ífrica y las causas que producen dichos sufrimientos. Ya sé que los medios de comunicación quizás no se harán eco de mi voz, ni los polí­ticos hablarán en sus reuniones sobre los derechos humanos, porque en el fondo, mi vida -como la de todos los pobres del mundo- no cuenta para ellos. ¡Nos sacrifican sin escrúpulos ni vergí¼enza!

Efectivamente, señoras y señores de la sociedad española, yo soy africano. Vengo de un paí­s empobrecido; un paí­s que ha sido saqueado por las multinacionales occidentales desde hace varios siglos y que ha sufrido guerras atroces, a menudo presentadas como guerras civiles, pero que en el fondo son guerras económicas montadas con el único objetivo de saquear nuestros paí­ses y enriquecerse al igual que los dirigentes africanos, desgraciadamente al precio de la muerte de millones de mis hermanos y hermanas. ¿De verdad no podemos construir otro mundo en el que cada persona pueda vivir en paz? Comprenden ustedes, somos ví­ctimas de un empobrecimiento continuo, organizado desde Occidente, y ejecutado a menudo por medio de nuestros propios dirigentes al servicio de las multinacionales. Son estas guerras de las que yo huyo y de la miseria que han engendrado en mi paí­s.

Quiero sobrevivir y ayudar a vivir a mi familia que se ha quedado en Afrecha. No quiero morir como una rata atrapada en un incendio. Por eso, como superviviente, vengo a denunciar ante ustedes esta situación inhumana y a pedirles que nos ayuden a construir un mundo justo y humano. Lo que deberí­amos comer, lo que deberí­a ayudarnos a desarrollar nuestros paí­ses, va a Occidente, bien para pagar las deudas que no hemos contraí­do nunca, bien para comprar armas que nos matan y nos amputan los miembros, haciéndonos así­ incapaces de contribuir con nuestra propia subsistencia. Por eso, nos encontramos en una situación tal que no podemos ni cultivar nuestros campos, ni dormir tranquilamente, ni pensar en el futuro de nuestros hijos y de nuestros hermanos. Todo lo que producen nuestros paí­ses, sirve a los intereses de las multinacionales apoyadas por los gobiernos europeos y americanos y por nuestros propios gobiernos; mientras que nosotros nos morimos de hambre.

En nuestros paí­ses, la muerte se ha convertido en un hecho banal; se ve morir de hambre a los niños dí­a tras dí­a, pequeñas enfermedades que podrí­an curarse fácilmente con un poco de dinero son causa de numerosas muertes€¦ ¡Ese es nuestro dí­a a dí­a! Como pueden imaginarse, es muy doloroso ver morir de hambre a un niño entre tus brazos, como me ha ocurrido a veces; o haber visto morir a mi padre de una malaria sin importancia que se curarí­a con pocos medios en cualquier centro de salud. Verdaderamente, ustedes ven hechos parecidos en la televisión; nosotros, por desgracia, nos codeamos con estos horrores todos los dí­as, e incluso entre estas ví­ctimas se encuentran nuestros propios familiares. ¿Creen que se puede soportar una vida así­?

Por la noche, mientras esperamos el momento oportuno para poder franquear este muro de separación, nos decimos adiós los unos a los unos, porque, en el fondo, ninguno de nosotros sabe qué tipo de cartucho utilizarán los militares que vigilan la alambrada o si uno de nosotros recibirá un tiro o en qué parte del cuerpo. Tampoco sabemos cómo caeremos desde lo alto de una alambrada de seis metros€¦ Y yo me pregunto, ¿será hoy mi último dí­a? Y durante este tiempo, pienso en los compañeros que ya han muerto en este intento y ¡siento desfallecer mi corazón! Pienso en mi familiar, en mis amigos que siguen en ífrica, ¡en mi futuro! ¿Qué futuro? No tengo ninguno… Me siento perdido; me siento inútil, inexistente, como si no tuviésemos ningún valor a los ojos de este mundo; como si no fuésemos más que bestias, sólo buenos para el holocausto y el sacrificio. Pero ¡eso es injusto! ¡Tengo que saltar la alambrada! ¡Me doy cuenta de que no tengo elección! Mientras tanto, pienso en mi paí­s, pienso en todas las riquezas naturales que tenemos. ¿Qué riquezas, me pregunto? ¡Todo lo que hay en nuestros paí­ses no nos pertenece!

Todos los dí­as asistimos impotentes a nuestro expolio; quien osa abrir la boca recibe un tiro en la nuca. Por el contrario, Occidente nos regala armas y las matanzas continúan en nuestra tierra. ¿Por qué en lugar de ayudarnos a salir del agujero en el que nos encontramos, se nos hunde cada vez más? De hecho, la miseria en lugar de disminuir en nuestros paí­ses aumenta dí­a tras dí­a… Nuestros hijos se encuentran así­ condenados a vivir con los traumas de la miseria y bajo la amenaza incesante de las guerras. Aquellos que consiguen escapar de la guerra, ¡mueren de hambre! ¡Estamos condenados a la miseria en paí­ses en los que el oro, los diamantes, el coltán, el cobre e incluso el petróleo fluyen a raudales! Y ¡siempre para el bienestar de otros!

El mundo es malvado, ¿verdad? No se sorprendan si lloro mientras hablo; es horrible lo que estamos viviendo. Por eso, con amargura intentaré escalar el muro cuando el momento sea favorable. Vivir o morir, ya me da igual. Nadie se preocupará de mi suerte… Dí­ganme, señoras y señores de la sociedad española, ¿qué mal hemos hecho para merecer esta suerte? Y mientras pasa el tiempo, siento surgir en mí­ otro sentimiento. No estamos malditos. ¡Este mundo puede cambiar, me digo! Nosotros también somos hijas e hijos de Dios, a pesar de la miseria y de las guerras. Por eso he decidido tentar a la suerte y venir aquí­ a su paí­s, para ver si puedo encontrar un trabajo ¡con el fin de sobrevivir y ayudar a vivir a los huérfanos que mi padre me ha dejado! No, no crean que ha sido fácil dejar a nuestras familias, sin saber a dónde vamos, si llegaremos o si podremos regresar. No crean que ha sido fácil para mí­ dejar a mi madre enferma, sin saber si la volveré a ver con vida y sin saber qué ocurrirá a mis hermanos y hermanas. Pero, ¿qué puedo hacer? No tengo elección.

Me hace falta imperativamente ganar lo necesario para comprar medicinas para mi madre enferma, por miedo a verla morir como a mi padre; me hace falta ganar dinero para poder escolarizar a mis hermanos pequeños para ver si mañana quizás pueden salir del grupo de los sacrificados. Quiero trabajar para poder comprar medicamentos para mi hermano que padece el sida. Sólo pedimos eso. Saben ustedes, ¡es penoso ver morir a tu familia ante tus ojos sin poder hacer nada! ¿Creen que es fácil vivir como yo? He aquí­ por qué he corrido el riesgo de desafiar todo tipo de dificultades de un largo y penoso viaje y que, por suerte, he podido sobrevivir y ahora me encuentro delante de este muro de separación, que me impide decirles cara a cara mi dolor. Pero me queda la posibilidad de que, al mirarme, lean ustedes a través de mis ojos todo lo que sufro. Les ruego no piensen que es normal que vivamos así­. Porque es sencillamente el resultado de una injusticia establecida y sostenida por sistemas inhumanos que matan y empobrecen. Por eso, vengo a pedirles que no apoyen este sistema con su silencio; al contrario, que el sufrimiento que transpira mi piel les haga comprender que es imposible ser un ser humano y callar frente a estas atrocidades inhumanas. Dios sabe que no soy ni un ladrón ni un bandido; soy simplemente el grito de una ví­ctima, que como todo el mundo quiere vivir con el sudor de su frente. Estoy seguro de que si conociesen mi historia y la de mis compañeros, no me obligarí­an a volver de donde vengo ni me abandonarí­an en un desierto sin ninguna posibilidad de supervivencia. Repito, quiero vivir y ayudar a vivir a mis hermanos, ¡sólo pido eso!

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