ROBERT HANSEN, el panadero carnicero

Era noche cerrada cuando un camionero frenó su vehículo en seco para no atropellar a una mujer que le hacía señas en medio de la carretera. La joven, con la ropa hecha trizas y unas esposas en las muñecas, pedía ayuda: había sido víctima de una salvaje violación en pleno bosque. Cindy explicó a la Policía que su agresor, después de contratar sus servicios como prostituta, la raptó y vejó brutalmente. Cuando terminó aprovechó un descuido del individuo para huir despavorida.

La precisa descripción del violador y del lugar del secuestro llevó a los investigadores hasta Robert Hansen, un reputado panadero y padre de familia, que durante más de una década agredió sexualmente y disparó con su rifle de largo alcance a 17 meretrices a las que dio caza por puro placer y diversión. Es la historia del conocido como el ‘panadero carnicero’ de Alaska.

El rechazo

Robert Hansen nació el 15 de febrero de 1939 en Estherville (Iowa), en un hogar complicado dado el mal carácter del padre, un cocinero danés muy estricto, que obligaba al pequeño a trabajar hasta la madrugada en la panadería familiar. Zurdo de nacimiento, Robert tuvo que escribir con la mano derecha ante las presiones de sus progenitores y sufrió malos tratos cuando les llevaba la contraria.

Durante la adolescencia fue víctima de bullying: tuvo problemas de tartamudez y padeció de exceso de acné facial, lo que generó numerosas burlas y rechazos. Para evitar que le hicieran daño, Robert desarrolló un carácter introvertido, solitario y poco sociable. Hasta que un buen día, justo cuando se graduaba, decidió vengarse de quienes le molestaban. Prendió fuego a un autobús del instituto.

El delito, cometido el 7 de diciembre de 1960, fue llevado ante la justicia y lo condenaron a una pena de tres años de cárcel. Robert tenía veintiún años cuando entró por primera vez en prisión, aunque a los veinte meses, consiguió la libertad condicional.

Poco después se casó, pero el matrimonio apenas duró unos meses y encontró en la caza su refugio ante cualquier problema. Se pasaba las horas en el bosque rifle en mano y se aficionó al robo pese a no tener necesidad económica alguna que subsanar. “El éxtasis de robar es algo incomparable; hacer lo prohibido y luego sentir que te persiguen no lo comparo con nada”, llegó a explicar tras su detención. Es decir, robaba para sentir nuevas emociones.

En 1966 Robert contrajo nupcias por segunda vez y tuvo dos hijos. Un año después la familia decidió mudarse hasta Anchorage, en Alaska, abrieron una panadería ganándose el respeto y la admiración de sus vecinos quienes lo veían como un tipo callado y tranquilo, pero gentil. Además, su afición a la caza y su gran destreza en esta práctica le reportó grandes satisfacciones, como convertirse en campeón local de tiro y aparecer en la lista de los mejores cazadores a nivel nacional.

Sin embargo, el norteamericano volvió a meterse en problemas tras robar una sierra eléctrica. Por este delito fue sentenciado a cinco años de prisión, de los que no cumplió ni la mitad.

Nuevamente entre rejas, los psicólogos de la penitenciaría sometieron al delincuente a varios estudios y le diagnosticaron un trastorno bipolar que requería de un tratamiento a base de litio para controlar sus explosivos cambios de humor. A este informe se sumaba otro inicial en etapa púber en el que describen a un muchacho con personalidad infantil y obsesiva.

Una vez en libertad y poco antes de comenzar a cazar prostitutas, Robert defraudó al seguro al simular el robo en su casa de varios objetos de valor por importe de 13.000 dólares. Hasta ese momento, su comunidad desconocía las artimañas y delitos cometidos por su vecino ejemplar. Años más tarde descubrirán que todo era una fachada.

La venganza

Llegaron los años setenta y Anchorage experimentó un gran auge de mano de obra por la creciente actividad petrolera que se desarrollaba en la zona. Este apogeo vino acompañado de un aumento de locales de striptease y prostitución, en el que mujeres de todo el país llegaban a esta ciudad de Alaska bajo la promesa de ganar 50.000 dólares al mes.

Este sórdido ambiente fue un caldo de cultivo para las fechorías de Robert, ya que encontraba en estas meretrices a las víctimas perfectas: al no tener vínculos familiares, si desaparecían nadie las buscaría. Ellas pagaron caro el rencor que guardaba en su interior tras su pasado de rechazo social. El panadero fraguó la venganza con todo lujo de detalles.

Durante meses Robert ideó el plan perfecto: alquiló un piso a las afueras de la ciudad para usarlo como escondite adonde llevó a sus víctimas para violarlas; y luego, acondicionó el refugio familiar, que tenía en medio del bosque, para cometer los asesinatos. Se trataba de una cabaña, a media hora de vuelo de Anchorage, donde accedía con su avioneta e hizo creer a todos que acudía para practicar la caza y desconectar. Los siguientes doce años Robert campó a sus anchas sin levantar sospechas.

El primer asesinato se produjo en 1971 cuando contrató los servicios de Lisa Futrell a cambio de 500 dólares. Robert la condujo hasta su casa del extrarradio, la esposó, maltrató y violó, después la trasladó en coche hasta el aeródromo, la metió en su avioneta y aterrizó en el terreno de su cabaña. Ya en el bosque, soltó a la mujer haciéndola creer que era libre, pero cuando esta corría despavorida cogió su rifle de largo alcance y la ejecutó. Acababa de cazar a un ser humano por puro placer.

Hasta dieciséis mujeres más murieron de esta manera y siempre bajo un mismo modus operandi. El apodado posteriormente como el ‘panadero carnicero’ ofrecía a las chicas una importante suma de dinero por sus servicios sexuales y les decía: “Muy bien, eres una profesional, lo que hacemos no te excita en nada, sabes bien que existen riesgos en lo que haces. Que esto te sirva de experiencia, para que la próxima vez elijas bien a quien te ofreces. Si haces todo cuanto te ordeno, no saldrás lastimada…”.

Aquellas palabras infundían tanto miedo en sus víctimas que se mostraban aún más sumisas, algo que excitaba sobremanera al criminal. Después de cometer con ellas toda clase de vejaciones, las soltaba en pleno bosque como si de un animal se tratase y las disparaba de forma certera. Todas murieron excepto una: Cindy Paulson, de 17 años.

La única superviviente de Robert Hansen logró escapar de la muerte gracias a un despiste del panadero. La adolescente salió corriendo justo antes de subir a la avioneta. Era la noche del 13 de junio de 1983 y un camionero frenó en seco al ver cómo una mujer pedía ayuda en medio de la carretera. Cindy, desnuda y aún con las esposas en las muñecas, le explicó lo ocurrido y la llevó ante la Policía. Durante la exposición de su relato, la menor dio detalles del físico de su agresor (pelirrojo, bajito y con acné) y de la avioneta azul y blanca.

Los agentes acudieron al aeródromo, encontraron el aeroplano y descubrieron que pertenecía a Hansen, al que visitaron e interrogaron. El panadero les dio una coartada -había pasado el día con unos amigos- y alegó que la muchacha le pretendía extorsionar. La Policía se marchó sin presentar denuncia.

Ejecutadas

Sin embargo, el hallazgo de varios cadáveres durante el último año en la periferia de Anchorage precipitó la detención de Hansen. Cada víctima presentaba disparos de ejecución con un arma del mismo calibre .223, cartucho muy común en rifles de largo alcance como el M16, la AR15 y el Mini-14. Además, todas se dedicaban a la prostitución y sus cuerpos evidenciaban la misma clase de torturas y agresiones.

El 2 de septiembre se produjo el descubrimiento de otra joven meretriz, Paula Golding, a la orilla del río Knik. Tras la autopsia, los forenses confirmaron que había muerto en las mismas circunstancias que las otras tres víctimas. El departamento de Policía de Anchorage estaba ante un asesino en serie y necesitaban el apoyo de expertos en la materia. Se lo pidieron al FBI y el agente Douglas, avezado perfilador criminal, trazó un perfil: punto por punto describió a física y mentalmente a Robert Hansen, al que tres meses antes interrogaron por la presunta violación a una prostituta.

Con la declaración detallada de Cindy y el perfil del FBI se pidió una orden judicial de registro y el 27 de octubre procedieron a la detención del ‘panadero carnicero’. Durante la inspección localizaron un altillo oculto con objetos y joyas de sus víctimas, además de una colección de armas que encajaban con el calibre .223 encontrado en los cadáveres de las mujeres.

Aunque en un principio y pese a las evidencias recabadas, Hansen negó los cargos de violación y asesinato, finalmente se derrumbó y confesó trece crímenes más aparte de los cuatro que ya se conocían. Incluso señaló sobre un mapa los lugares donde podrían encontrar al resto de desaparecidas.

Durante el juicio, varios psicólogos apuntaron a que el acusado disfrutó “de la emoción del asesinato”, de ahí que dejase libres a sus víctimas para saborear el momento en que las abatía como cuando cazaba animales. Las pruebas eran irrefutables como también la confesión de Hansen y la señalización de los cuerpos. En ese momento, tan solo habían recuperado 7 de los 17 confesados.

Finalmente, el tribunal lo sentenció a 461 años de cárcel, sin posibilidad de libertad condicional, después de declararse culpable de cuatro de los asesinatos. Hansen fue recluido en el Spring Creek de Alaska y falleció en 2014 a causa de una enfermedad (nunca se reveló cuál) a los 75 años de edad. En 2013, John Cusack y Nicolas Cage llevaron la historia del ‘panadero carnicero’ al cine con Caza al asesino.Lee también

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