unrecognizable man dressed in green having sex with a woman without face wearing blue costume, on white background

Puede que a muchos lo primero que se nos pase por la cabeza al pensar en la posición menos placentera, aburrida e incluso molesta para las mujeres sea el sexo anal. Pero no. De hecho, muchas, convencidas de que no van a encontrar el triunfo orgásmico si se dejan penetrar por un orificio que no sea el vaginal, directamente la esquivan y no llegan a probarla en la vida. Claro que, si se hace bien, puede ser una experiencia realmente excitante.

Generalizar nunca es una buena idea, pero puestos a hablar de las peores posturas sexuales para que ellas disfruten en la cama, las coincidencias con las prácticas que preferirían evitar son más que numerosas. Entre ellas está el 69. Una de las más repudiadas por ellas ya que, por muy multitarea que se presuponga que son, a menudo no encuentran en este encaramiento de genitales la logística suficiente como para dar y recibir placer simultáneamente. Más pendientes de qué ocurre con lo que tienen entre manos y boca, son muchas las mujeres que no alcanzan el orgasmo mediante el sexo oral sincrónico.

Tampoco acaba de triunfar el empotramiento contra mármoles, ventanas o superficies duras y frías, estando más pendientes de superar la sensación de frescor y aplastamiento que de disfrutar del momento, ni la que podríamos denominar el ‘misionero inmovilizador’ en la que la opresión del otro cuerpo las deja prácticamente sin respiración y luchan más por conseguir un poco de oxígeno que por alcanzar el clímax.

Pero si hay una que se convierte en un tormento cada vez que se propone o surge durante el acto sexual, esa es la postura del perrito. Fue la edición británica de la revista masculina Men’s Health la que decidió preguntar a más de 1.200 lectoras de su hermana femenina Women’s Health sobre las posiciones que más les gustaban y las que desearían eliminar de cualquier encuentro. La inmensa mayoría colocó en el número uno del ranking de las peores posturas aquella en la que colocadas a cuatro patas son penetradas desde detrás por sus acompañantes de cama.

“Anda, ¿y eso?”, se preguntarán muchos asombrados con la noticia. Hay bastantes argumentos que quizás ayuden a entender por qué el estilo perrito o doggy style no acaba de convencer a las féminas. Punto uno: a no ser que ellas mismas se pongan manos a la obra, durante el acto reciben una nula excitación clitoridiana, hecho que para muchas puede ser detonante para que, valga la redundancia, no detone su placer y el ángulo de penetración puede resultar molesto si se golpea el cuello del útero, digamos, con poca delicadeza.

Otro fallo: no hay contacto visual. Apenas pueden ver qué hace la otra persona y a lo sumo alcanzan a observar sus pechos que, no nos engañemos, tienden a quedar olvidados y no reciben protagonismo alguno. Pero no solo eso. Minutos después de haberlo practicado empiezan los dolores lumbares (e incluso de cuello) derivados del arqueamiento de espalda que tienen que hacer para poder aportar algo de movimiento o echar un vistazo hacia atrás y en muchas ocasiones la penetración provoca molestas rozaduras en la vagina. Esto por no hablar de que sus caderas se pueden quedar algo rosadas y doloridas si se pasan de furor en los agarrones.

Ojo que no basta con saber que es mejor no optar por esta postura o, al menos, que no domine todo el encuentro. La vaquera invertida coincide en muchos de estos puntos negativos y suele derivar en agujetas en brazos y contracturas lumbares.

Pero no está todo perdido. Se puede mejorar la técnica del perrito y aprender a conjugar el placer de ambos prestando atención a zonas erógenas como pechos y clítoris, procurando acoplarnos adecuadamente para que la acción no recaiga sobre los movimientos de su espalda y cuidando el entusiasmo en el ritmo e intensidad de penetración.

Amigas, estar a cuatro patas puede dejar de ser una tortura si aprendemos a guiar a nuestro acompañante hacia el camino adecuado.