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A estas alturas, hay pocas dudas sobre que José María Aznar es uno de los mayores gilipollas de nuestra historia reciente. Si quedaba alguna duda, sus memorias han corroborado su talento natural para decir majaderías sin inmutarse. No voy a citar las falsas memorias del blog Mi mesa cojea, donde se le atribuye un sueño místico, después de sobrevivir a un atentado de ETA. Aznar no necesita escuchar la voz de Dios, pidiéndole que lidere a la humanidad. En su interior, ya hay una voz que repite sin descanso: “José Mari, eres el mejor”. Desde que leyó en su juventud las obras completas de José Antonio Primo de Rivera, siempre ha sentido que su misión histórica era demostrar al mundo la grandeza de España. Cuando la providencia le colocó en las islas Azores, no se acomplejó ante George Bush y se situó a su izquierda, pensando que era el lugar adecuado. Desgraciadamente, la fotografía no destacaba su presunta importancia, sino su triste insignificancia. Feo, bigotudo y bajito, su estampa evocaba a los pobres habitantes de Villar del Río, preparando la bienvenida a Mr. Marshall.

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En sus memorias, pomposamente tituladas El compromiso del poder, Aznar afirma que se negó a celebrar la reunión en las islas Bermudas, pues su proximidad al territorio norteamericano podría tener connotaciones indeseables. No explica cuáles eran esas connotaciones. Tal vez evidenciar que la invasión de Irak era una iniciativa norteamericana y Europa se limitaba a seguir los pasos de su amo. Aznar no menciona lo que Tony Blair nos contó en sus memorias, sin ocultar su mezcla de estupor e hilaridad. Aznar no deseaba que la cumbre aconteciera en las islas Bermudas, pues los españoles no sabrían con certeza si se hablaba de los preparativos de una invasión militar o de unos pantalones que alivian el calor durante el tórrido verano ibérico. Menudencias aparte, Aznar afirma que “el lugar de España era con los grandes. España tenía y tiene que estar entre los grandes”. De hecho, la cumbre “marcó el punto más alto de la relevancia internacional de España”, superando las proezas de los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II y el generalísimo Franco. Algunos dirán que Franco no viene a cuento, pero Aznar ya advirtió en 1979 que la Transición escondía “vientos de revancha. […] En Valencia la Plaza del Caudillo pasará a llamarse País Valenciá. Y no hemos hecho más que empezar. Se dedican a borrar la historia”. Sus profecías se cumplieron parcialmente, pues aún quedan plazas y calles dedicadas al Caudillo y el franquismo sigue impregnando el aire cotidiano que respiramos. Sin embargo, nada borrará que España se implicó en una guerra ilegal e inmoral contra Irak, causante de al menos 655.000 víctimas, la mayoría civiles y, en muchos casos, niños y niñas. Opinion Research Busines, una agencia privada de encuestas británica, eleva la cifra a un 1.200.000. Aznar, según el cual “la cooperación con Estados Unidos se afianzó aún más en áreas para nosotros muy importantes, singularmente en la lucha antiterrorista”, no considera terrorismo bombardear Faluya con fósforo blanco. Provocar quemaduras tan profundas que afectan a los órganos vitales sólo es una forma de “injerencia humanitaria”, una acción necesaria en la lucha global contra el terror.

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Aznar se pavonea en sus memorias de mantener comunicación diaria con Bush durante la guerra de Irak. No sé en qué consistirían esas conversaciones, pero no creo que hubieran desentonado en la deleznable comedia “Dos tontos muy tontos” (Dumb and Dumber). Por supuesto, Aznar no considera importante que las armas de destrucción masiva sólo fueran un camelo. Despacha el asunto, asegurando que “hoy todo indica que Saddam había unido su suerte a que los demás creyeran que tenía esas armas porque pensaba que de ese modo se aseguraba que nunca se produciría una intervención contra él”. Está claro: la culpa la tenía el pérfido Saddam, nuevo azote de Dios y responsable de los terrores nocturnos de miles de niños europeos y norteamericanos, traumatizados por la perspectiva de ser devorados por las hordas asiáticas. Afortunadamente, Aznar no se dejó intimidar por las manifestaciones contra la guerra, pues advirtió desde el primer instante que brotaban de “la vieja demagogia sentimental y pacifista”. Emulando a los clásicos del Siglo de Oro, apunta que el alboroto procedía de “una retórica hueca tejida sobre banalidades y falacias”. La alta política a veces es incomprensible para el vulgo, pero un buen presidente siempre está por encima de la voluntad popular e incluso de la verdad. De hecho, Aznar miente sin mala conciencia cuando afirma que José Cosuo murió porque los soldados norteamericanos confundieron su cámara con el arma de un francotirador iraquí. No importa que la unidad que acabó con la vida del periodista ofrezca otra versión, igualmente falaz. La culpa es del puñetero Saddam y de los rojo-separatistas que conspiran contra la familia, el pan y el trabajo.

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Aznar es algo más alto que Napoleón. Sin alzas, mide 1’71 o, al menos, eso circula por internet. Su estatura no le ha impedido actuar como un gran jefe militar. Cuando un pequeño grupo de soldados marroquíes puso en peligro la integridad territorial de España, ocupando la Isla de Perejil, envió a un grupo de operaciones especiales, escoltado por helicópteros, una fragata y aviones de combate. Las cabras del islote, únicos habitantes de la roca, se conmovieron al ver a los legionarios izando la bandera española y vigilando los escasos metros de costa. Ya se sabe que la Legión y las cabras siempre han mantenido un idilio nada encubierto y más allá de cualquier prejuicio. Aznar vuelve a mostrar su gran talla moral en el caso del Yak-42, el avión que en 2003 se estrelló en Turquía con 62 militares españoles. Por supuesto, no manifiesta ninguna preocupación por las víctimas, pues las únicas víctimas que cuentan son las de ETA, tan rentables para el Partido Popular en su estrategia de tensión permanente. Aznar se inquieta por lo verdaderamente importante. Durante el entierro, “alguien a tres metros de mí me lanzó las injurias más graves que nunca he recibido”. Esa hipersensibilidad explica que se emocione al recordar las conversaciones telefónicas con las infantas, cuando al fin dejó el cargo de presidente de gobierno. La infanta Cristina le transmitió “palabras de aliento y cariño” y se mostró muy dolida por la “injusticia terrible” que se había cometido con él. Imagino que se refiere a la ingratitud de los españoles, reacios a reconocer sus colosales virtudes como hombre de Estado. La infanta Elena se expresó en los mismos términos, pero rompió a llorar y colgó el aparato, incapaz de balbucir dos frases coherentes. Algunos maledicentes han observado que no aprecian nada extraordinario en ese detalle. En sus memorias, Aznar hace un magnífico retrato de Mariano Rajoy, que no mostró interés en acudir al entierro del GEO muerto (en el asalto a la casa de Leganés donde se habían refugiado los presuntos terroristas islámicos): “Rajoy no quiere ir, pero al final va”. Es evidente que le conocía muy bien, pues sólo necesita una frase para retratar su temperamento pusilánime y sus dotes de humorista que juega a la gallinita ciega, tapándose los ojos para no ver lo que le incomoda. No seamos tan mezquinos de negarle ese mérito. Por último, nos regala un juicio inapelable sobre Rodríguez Zapatero: “Diálogo, más diálogo, sólo diálogo, frente a mi prepotencia y autoritarismo. […] Aquí no importa lo que se piense, sino el talante. Ésta es la nueva majadería de lo progre correcto”. Hay que reconocer que en esta cuestión tampoco le falta razón. El talante es lo progre y la megalomanía histérica lo facha. Ambas formas de histrionismo sólo son máscaras de una idiotez supina y un vacío desolador.

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Las malas lenguas afirman que Vargas Llosa es el “negro” de Aznar. No me parece improbable, pero tal vez el Nobel peruano se ha limitado a pulir el texto, transformando la pasión falangista en pasión neoliberal. Algunos advierten la mano de Ana Botella, con un don natural para el aforismo y el apunte deslumbrante. En cualquier caso, Aznar está contento. Vargas Llosa se parece cada vez más a Julián Marías y Ana Botella es la gran mujer que inevitablemente acompaña a un gran hombre, abrochándole la bragueta o quitándole las migas del bigote cuando su sempiterno desvelo por España y por la lucha de Occidente contra el eje del mal le provoca un comprensible y humanísimo cansancio. No lo olvidemos. Aznar es un hombre de carne y hueso. Ana Botella es una mujer de carne y hueso. Y ya se sabe que “un hombre y una mujer es una cosa, dos hombres es otra cosa y dos mujeres es otra cosa”, según la perspicaz alcaldesa de Madrid. No se esfuercen en comprenderlo y disfruten de “un relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”. Creo que lo necesitarán si cometen la temeridad de leer las memorias de Aznar, la incontestable prueba de que Paul Tabori no se equivocaba al afirmar: “la estupidez es el arma más destructiva del hombre, su más devastadora epidemia”.

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