El horror de las víctimas de Ioan Clamparu

La boca cosida con alambres por chivata, una mujer atada a una palmera y devorada por perros, palizas grabadas en video y emitidas periodicamente para recordar lo que les esperaba si huían, agresiones que provocaban abortos, y de vuelto al tajo con algodones en la vagina poco después de perder a sus bebés … así se las gastaba Ioan Clamparu, la versión rumana de Corleone y ahora en A Lama. Y así lo contaron las mujeres, bien en persona o por escrito, que en el juicio contra Cabeza de Cerdo dieron un paso adelante y lo señalaron como el capo que las trajo de forma ilegal a España y las obligó a ser sus esclavas sexuales.

Las escenas revividas durante el juicio ponen los pelos de punta. Una relató como antes de llegar a España en un almácen en un puerto del Adriático vio como cosían con alambres los labios de una mujer atada a una silla por chivata. Otra dio cuenta de como Ioan Clamparu las atemorizaba enseñándoles imágenes de una mujer atada a un árbol y devorada por sus perros de presas. También les contó que otras dos fueron descuartizadas y sus restos esparcidos por el campo.

Vivían en un estado de terror y ninguna se atrevía a huir o a quejarse del trato inhumano dispensado. Una contó su propio drama. Con 17 años se quedó embarazada y fue obligada a abortar, con algodones en la vagina regresó al trabajo inmediatamente porque Cabeza de Cerdo les obligaba a trabajar los siete días de la semana. Practicaban el sexo docenas de veces en una sola jornada y reportaban al que está considerado el mayor proxeneta de Europa entre 300 y 600 euros al día.

Vivían en un estado de terror y ninguna se atrevía a huir o a quejarse del trato inhumano dispensado. ¿Cómo llegaron a España y en estas condiciones? Lo hemos escuchado millones de veces. La mayoría venían engañadas, pensando que iban a trabajar de camareras o asistentas de hogar, pero al recalar en España descubrían la verdad. Debían 10.000 euros y se les forzaba a devolver el dinero y a prostituirse bajo amenaza de muerte. Estaban obligadas a mantener relaciones sexuales con sus clientes pero también con sus proxenetas, los ‘soldados’ de Clamparu, entre quienes Cabeza de Cerdo sorteaba a las chicas recién aterrizadas en Madrid.